Home Educación OPINIÓN “FRANCISCO AYALA: EL JUSTO QUE ABRAZO LA REBELDÍA” MIGUEL A. URBAN.

OPINIÓN “FRANCISCO AYALA: EL JUSTO QUE ABRAZO LA REBELDÍA” MIGUEL A. URBAN.

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En la madrugada del 6 de junio de 1812, el pueblo de Yautepec despertó con el alma desgarrada. En el atrio de la iglesia de San Juan, el cuerpo sin vida del coronel Francisco Ayala pendía de la ceiba, como último castigo de un régimen que temía más a los hombres justos que a los ejércitos armados.

Francisco Ayala no nació insurgente, pero fue la justicia la que lo condujo al camino de la rebeldía. Nacido hacia mediados del siglo XVIII, en los valles fértiles del hoy estado de Morelos, se convirtió en un hombre de reputación intachable. Desde joven, fue reconocido como administrador responsable, vecino generoso, consejero de los humildes, esposo devoto de Doña Justa Zapata y padre ejemplar de tres hijos: José Francisco, José Rafael y José Mónico.

Su temple lo hizo merecedor, en 1791, del nombramiento como Capitán del Tribunal de la Acordada, cuerpo destinado a limpiar los caminos de bandidos y a proteger a los arrieros y comerciantes de los embates de la delincuencia. Por veinte años, Francisco Ayala fue el brazo fuerte de la ley virreinal en los caminos de Amilpas. Pero cuando estalló la guerra de independencia, su corazón comenzó a latir con otra causa.

Los ecos del levantamiento de Hidalgo y Morelos llegaron hasta Mapachtlán. Aunque las autoridades le exigieron combatir a los insurgentes, Ayala optó por la neutralidad, gesto que en tiempos de absolutismo equivalía a una traición. Bastó una confusión de nombres —la firma de un tal Ignacio Ayala hallada en un campo de batalla— para que los realistas pusieran precio a su cabeza.

El 16 de mayo de 1811 llegaron los soldados a arrestarlo. Francisco Ayala se defendió con fiereza, pero la tragedia cayó sobre su hogar: su esposa Justa cayó mortalmente herida. Aquel disparo no solo mató a una mujer, sino que encendió una llama irreductible en el alma de su viudo.

Con sus hijos y vecinos, Ayala repelió el ataque, quemaron su casa, pero no su voluntad. Fortificó Anenecuilco, organizó la resistencia, y cuando supo que ya no había marcha atrás, emprendió la senda del insurgente. Marchó a Huitzuco y allí, entre cerros y voluntades firmes, conoció a Morelos.

Ambos hombres se reconocieron de inmediato: Ayala, el hombre de la ley, se unía al hombre de la lucha. Morelos le dio el grado de coronel y un lugar en su ejército. En pocos meses, Francisco Ayala se distinguió en los combates de Chiautla e Izúcar, al lado de Vicente Guerrero. Más tarde, fue pieza clave en la resistencia heroica del Sitio de Cuautla.

Aunque enfermo, resistió el hambre, la fiebre y el fuego enemigo. Cuando se rompió el cerco, siguió combatiendo por 34 días más hasta ser capturado en Temilpa por Gabriel Armijo. Fue conducido a Yautepec, su tierra, su casa, su destino final. Allí fue fusilado y su cuerpo colgado como advertencia, aunque lo único que logró fue sembrar el ejemplo.

Décadas más tarde, su memoria fue honrada con la creación del municipio de Villa de Ayala en 1868. Y en 1911, cuando Emiliano Zapata y sus hombres buscaron un nombre para el plan que encendería la Revolución del Sur, no dudaron: lo llamaron el Plan de Ayala. Porque sabían que la lucha por la tierra, la libertad y la justicia había sido sembrada mucho antes, por un hombre recto que eligió el lado correcto de la historia.

Hoy, a 213 años de su sacrificio, la ceiba que fue testigo de su martirio no olvida. Tampoco lo olvidamos nosotros.

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