Hoy les voy a compartir, una petición, un sentir, una llamada de auxilio, de un buen amigo y líder de la zona Oriente, más específicamente de Cuautla, ahí les dejo lo que escribió.
Un Llamado desde el Corazón Herido de Cuautla
A quienes nos escuchan, a quienes aún creen en la justicia, a quienes se niegan a aceptar el miedo como nuestra nueva normalidad:
Hablamos desde Cuautla, una ciudad que late en el corazón histórico del Estado de Morelos, pero cuyo pulso hoy está marcado por la angustia. Nuestra comunidad, nuestra gente, se encuentra sumida en una crisis de inseguridad que hiere el cuerpo, que indigna el alma y que, día tras día, amenaza con arrebatarnos la esperanza.
Ya no son cifras lejanas, son las historias de nuestros vecinos, de nuestros amigos, de nuestras familias. Son los asesinatos que tiñen de luto nuestras calles, los atentados que nos recuerdan nuestra fragilidad, las desapariciones que dejan un vacío insoportable, las extorsiones que ahogan el fruto del trabajo honesto. La vida cotidiana, ese espacio que debería ser de encuentro y de paz, está atravesada por la sombra del miedo. Y con cada nuevo crimen sin resolver, con cada día que pasa sin respuestas, se debilita no solo la confianza en las instituciones, sino el propio tejido de nuestra comunidad.
Vemos la inacción, sentimos el silencio. No hay avances públicos que sean claros, que sean consistentes, que nos devuelvan un mínimo de certeza. Los responsables de sembrar el terror siguen gozando de una impunidad que es una afrenta para las víctimas y una invitación a seguir delinquiendo. El dolor se acumula, la herida se hace más profunda, y una pregunta resuena en cada rincón de nuestra ciudad: ¿Hasta cuándo?
¿Qué se necesita para que la autoridad, esa que juró protegernos, actúe con la eficacia, la inteligencia y el compromiso que su investidura le exige?
No es, y que esto quede muy claro, un problema de recursos. Los hay. El financiamiento que se ha destinado a la prevención del delito y a la procuración de justicia ha sido, en muchas ocasiones, más que suficiente. Lo que falta, lo que se echa en falta de manera lacerante, es voluntad para enfrentar el problema de raíz; es visión para construir estrategias que vayan más allá de la simulación y del efectismo mediático; es, fundamentalmente, la decisión de construir un modelo de servicio público basado en la excelencia, en el mérito y en la ética, y no en la opacidad, en el compadrazgo o en las infames cuotas de poder.
La ciudadanía tiene el derecho inalienable a saber quiénes toman las decisiones en cada área de gobierno, especialmente en aquellas que tienen en sus manos nuestra seguridad. Tenemos el derecho, y hoy lo ejercemos, de exigir que sean las personas más preparadas, las más honestas, las más capaces y con la experiencia comprobada, quienes lideren las políticas públicas que definen nuestra vida, nuestra paz y nuestra seguridad.
Y ante esto, la pregunta fundamental es ineludible: ¿debe el poder público, en todos sus niveles, someterse a una evaluación ciudadana rigurosa y permanente?
¡Por supuesto que sí! ¡Con una claridad y una contundencia absolutas, sí!
La soberanía, nos enseña nuestra Constitución, reside esencial y originariamente en el pueblo. Es hora de que esa máxima deje de ser un poema en un papel y se convierta en una realidad palpable. El servicio público debe dejar de ser concebido como un botín que se reparten los partidos tras cada elección, para transformarse en lo que siempre debió ser: una responsabilidad altísima, ejercida con profesionalismo, con transparencia y sujeta a resultados que sean verificables por todos.
¿Por qué habríamos de conformarnos con las imposiciones políticas, con funcionarios cuya única credencial es la lealtad a un grupo o a un caudillo, cuando podemos y debemos tener liderazgos surgidos de convocatorias públicas y abiertas, de evaluaciones objetivas basadas en el mérito, y de una trayectoria de servicio y experiencia comprobada?
No, no estamos condenados a vivir en esta realidad de miedo e impotencia. Pero sí estamos llamados, todos y cada uno de nosotros, a exigir, con la fuerza de la razón y la dignidad de quienes se saben en lo justo, una transformación profunda y estructural en la forma en que se ejerce el poder y se diseñan las políticas públicas en nuestra tierra.
Cuautla no debe ser una ciudad olvidada en los discursos. No puede ser una cifra más en los informes de incidencia delictiva. Cuautla es una comunidad de gente trabajadora que merece vivir en paz.
Por todo ello, exigimos:
Resultados concretos y transparentes en las investigaciones de los crímenes que han enlutado a nuestra comunidad. Queremos saber la verdad y ver a los responsables ante la justicia.
Estrategias de seguridad que sean verdaderamente efectivas, con un enfoque primordial en la prevención inteligente, en la reconstrucción del tejido social y en la colaboración estrecha con la comunidad.
Transparencia absoluta en el uso de cada peso y cada centavo de los recursos públicos asignados a la seguridad. El dinero del pueblo debe usarse para proteger al pueblo, no para otros fines.
Convocatorias públicas, abiertas y competitivas para la designación de los titulares en las áreas clave de seguridad y procuración de justicia. Queremos a los mejores, no a los amigos del poder.
Mecanismos de evaluación ciudadana periódica y vinculante del desempeño de las instituciones de seguridad y de sus mandos.
El dolor de Cuautla no es solo local; es un síntoma, un espejo y una advertencia de lo que ocurre en muchas otras regiones de nuestro querido México. Por eso, este mensaje no es solo un reclamo desesperado: es un llamado a la acción colectiva. Un llamado a las autoridades de todos los niveles, para que asuman su responsabilidad con valentía. Un llamado a los legisladores, para que construyan los marcos legales que garanticen esta transformación. Y un llamado a todos los ciudadanos, para que no nos resignemos, para que nos organicemos y para que juntos, con una sola voz, exijamos el país que merecemos.
México no necesita más simulación. Necesita verdad. Necesita valentía. Y necesita, con urgencia, justicia.
Porque la democracia no se mide solo por el número de votos que se emiten cada tres o seis años. Se mide, sobre todo, por la calidad de vida, por la seguridad y por la dignidad que el Estado es capaz de garantizar a su gente, todos los días.
¡Cuautla exige respuestas!
¡Cuautla exige justicia!
¡Cuautla exige resultados ya!
Así o más claro , no pongo el nombre de mi amigo por seguridad, pero si pido que me ayuden a replicar la nota , y que los más buenos saquemos a los malos que son los menos, el miedo no puede dejar que nos ganen nuestros espacios, nuestra calma y nuestras vidas.
Feliz San Lunes y adiosssss.








