San Lunes
Qué fácil es criticar con tan solo mirar a una persona. Qué fácil es suponerlo todo. Qué fácil es creerse más que otros. En mi pueblo a eso le llaman humildad, y creo que se está perdiendo cada vez más, con gente a la que se le olvida que, al llegar a una posición económica, en lugar de reconocer a las personas que han luchado, se han superado y han llegado muy lejos, les gusta sobajarlas y criticarlas en lugar de reconocerlas y apoyarlas.
Hoy esta columna está dedicada a esos pseudoempresarios que ni generan empleos ni pagan impuestos, que solo viven de papel y que, aparte de todo, a donde llegan, llegan a robar.
Hoy les comparto un artículo que mandó esta semana un buen amigo en Facebook. Es una de esas historias reales que siempre me han gustado y que, cada vez que la vuelvo a leer, me dan ganas de compartir. Ojalá la gente deje de denostar a otros solo porque no los sienten de su “estatus”. Ahí les va:
Una mujer con un vestido de algodón barato y su esposo, vestido con un humilde traje, se bajaron del tren en Boston y caminaron tímidamente (sin tener una cita) hasta la oficina de la secretaria del presidente de la Universidad de Harvard. La secretaria adivinó de inmediato que esos campesinos venidos de los bosques no tenían nada que hacer en Harvard.
—Desearíamos ver al presidente —dijo suavemente el hombre.
—Está ocupado —contestó la secretaria.
—Esperaremos —replicó la mujer.
Por horas, la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera, pero no lo hicieron. Su frustración fue en aumento y finalmente decidió interrumpir al presidente, aunque era una tarea que siempre esquivaba.
—Tal vez si usted conversa con ellos por unos minutos, se irán —dijo la secretaria al presidente de la universidad.
Él hizo una mueca de desagrado, pero aceptó. Alguien de su importancia obviamente no tenía tiempo para ocuparse de gente con vestidos y trajes baratos. Sin embargo, el presidente, con el ceño áspero pero con dignidad, se dirigió con paso arrogante hacia la pareja.
La mujer le dijo:
—Tuvimos un hijo que asistió a Harvard por solo un año. Él amaba Harvard y era feliz aquí, pero hace un año murió en un accidente. Mi esposo y yo deseamos levantar algo en alguna parte del campus que sea en memoria de nuestro hijo.
El presidente no se interesó y dijo:
—Señora, no podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.
—Oh, no —explicó la mujer rápidamente—. No deseamos erigir una estatua; pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard.
El presidente entornó los ojos, echó una mirada al vestido y al traje barato de la pareja y exclamó:
—¡¿Un edificio?! ¿Tienen alguna remota idea de cuánto cuesta un edificio? Hemos gastado más de 7.5 millones de dólares en los edificios aquí en Harvard.
Por un momento la mujer quedó en silencio, y el presidente estaba feliz porque pensó que ahora sí podría deshacerse de ellos.
La mujer se volvió a su esposo y dijo suavemente:
—¿Tan poco cuesta iniciar una universidad? ¿Por qué no iniciamos la nuestra?
El esposo aceptó, y el rostro del presidente se oscureció en confusión y desconcierto. El Sr. Leland Stanford y su esposa se levantaron y se fueron, viajando a Palo Alto, California, donde establecieron la universidad que lleva su nombre: la Universidad de Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.
La Universidad Leland Stanford Junior fue inaugurada en 1891, en Palo Alto. “Junior” porque era en honor al hijo fallecido del rico terrateniente. Ese fue su memorial, y hoy en día la Universidad de Stanford es considerada una de las mejores del mundo, incluso por encima de Harvard.
Así o más claro: la humildad hace crecer a las personas, no las vuelve menos.
Feliz San Lunes y adioooos. Lunes
Qué fácil es criticar con tan solo mirar a una persona. Qué fácil es suponerlo todo. Qué fácil es creerse más que otros.
En mi pueblo a eso le llaman humildad, y creo que se está perdiendo cada vez más, con gente a la que se le olvida que, al llegar a una posición económica, en lugar de reconocer a las personas que han luchado, se han superado y han llegado muy lejos, les gusta sobajarlas y criticarlas en lugar de reconocerlas y apoyarlas.
Hoy esta columna está dedicada a esos pseudoempresarios que ni generan empleos ni pagan impuestos, que solo viven de papel y que, aparte de todo, a donde llegan, llegan a robar.
Hoy les comparto un artículo que mandó esta semana un buen amigo en Facebook. Es una de esas historias reales que siempre me han gustado y que, cada vez que la vuelvo a leer, me dan ganas de compartir. Ojalá la gente deje de denostar a otros solo porque no los sienten de su “estatus”. Ahí les va:
Una mujer con un vestido de algodón barato y su esposo, vestido con un humilde traje, se bajaron del tren en Boston y caminaron tímidamente (sin tener una cita) hasta la oficina de la secretaria del presidente de la Universidad de Harvard.
La secretaria adivinó de inmediato que esos campesinos venidos de los bosques no tenían nada que hacer en Harvard.
—Desearíamos ver al presidente —dijo suavemente el hombre.
—Está ocupado —contestó la secretaria.
—Esperaremos —replicó la mujer.
Por horas, la secretaria los ignoró, esperando que la pareja finalmente se desanimara y se fuera, pero no lo hicieron. Su frustración fue en aumento y finalmente decidió interrumpir al presidente, aunque era una tarea que siempre esquivaba.
—Tal vez si usted conversa con ellos por unos minutos, se irán —dijo la secretaria al presidente de la universidad.
Él hizo una mueca de desagrado, pero aceptó. Alguien de su importancia obviamente no tenía tiempo para ocuparse de gente con vestidos y trajes baratos. Sin embargo, el presidente, con el ceño áspero pero con dignidad, se dirigió con paso arrogante hacia la pareja.
La mujer le dijo:
—Tuvimos un hijo que asistió a Harvard por solo un año. Él amaba Harvard y era feliz aquí, pero hace un año murió en un accidente. Mi esposo y yo deseamos levantar algo en alguna parte del campus que sea en memoria de nuestro hijo.
El presidente no se interesó y dijo:
—Señora, no podemos poner una estatua para cada persona que asista a Harvard y fallezca. Si lo hiciéramos, este lugar parecería un cementerio.
—Oh, no —explicó la mujer rápidamente—. No deseamos erigir una estatua; pensamos que nos gustaría donar un edificio a Harvard.
El presidente entornó los ojos, echó una mirada al vestido y al traje barato de la pareja y exclamó:
—¡¿Un edificio?! ¿Tienen alguna remota idea de cuánto cuesta un edificio? Hemos gastado más de 7.5 millones de dólares en los edificios aquí en Harvard.
Por un momento la mujer quedó en silencio, y el presidente estaba feliz porque pensó que ahora sí podría deshacerse de ellos.
La mujer se volvió a su esposo y dijo suavemente:
—¿Tan poco cuesta iniciar una universidad? ¿Por qué no iniciamos la nuestra?.
El esposo aceptó, y el rostro del presidente se oscureció en confusión y desconcierto. El Sr. Leland Stanford y su esposa se levantaron y se fueron, viajando a Palo Alto, California, donde establecieron la universidad que lleva su nombre: la Universidad de Stanford, en memoria de un hijo del que Harvard no se interesó.
La Universidad Leland Stanford Junior fue inaugurada en 1891, en Palo Alto. “Junior” porque era en honor al hijo fallecido del rico terrateniente. Ese fue su memorial, y hoy en día la Universidad de Stanford es considerada una de las mejores del mundo, incluso por encima de Harvard.
Así o más claro: la humildad hace crecer a las personas, no las vuelve menos.
Feliz San Lunes y adioooos.








