¿Cuál calor? Digo, ¿cuál calor? Si estuviéramos en las Olimpiadas de Invierno en Italia andaríamos con chamarra y café caliente, pero como no estamos allá… pues sí, ya llegó el calorcito.
Esta semana, viendo las Olimpiadas de Invierno (porque sí, soy fan de ver Olimpiadas), me queda claro algo: aunque México solo lleva una comitiva chiquita, pero chiquitita, cada historia de un deportista mexicano es digna de aplauso.
Puro orgullo, dedicación y esfuerzo personal… personal, porque del gobierno mejor ni hablamos, ese nunca ha mostrado mucho interés en apoyar.
Si ya cumplieron marcas, tiempos y requisitos para clasificar, uno pensaría —ingenuamente— que el apoyo debería ser automático. Pero no.
Aquí el atleta representa a su país… siempre y cuando pueda pagarse el viaje vendiendo gelatinas, rifas, tamales o lo que se atraviese para cumplir el sueño olímpico.
Y aun así, cada Olimpiada vemos milagros deportivos: mexicanos que llegan, compiten y hasta regresan con medallas.
Todo eso sin apoyo económico, sin entrenadores de primer nivel, sin la alimentación adecuada, pero eso sí, con muchas ganas. Imagínense lo que podrían hacer si realmente se les apoyara como profesionales, con un sueldo digno y dedicados al cien por ciento a entrenar.
Pero claro, eso sería pedir demasiado. Mejor sigamos invirtiendo millones en selecciones como la del fútbol masculino, donde se les da todo… absolutamente todo, menos resultados.
Pero bueno, al pueblo pan y circo. ¿Qué más se puede esperar?
¿Así o más claro?
Ay, ay, ay… mi México querido.
Feliz San Lunes y adioooos!!.








