Hablemos de jardinería… porque ya me tiene hasta el gorro un pedazo de 10 metros de pasto que simplemente no quiere existir.
Tres intentos, tres fracasos: que si semilla de sombra porque no le da el sol, que si riego “por si acaso”, que si abono, cuidados… y nada. Ni con lluvia, ni con fe, ni con ganas. Ya está en su última oportunidad antes de mandarlo al carajo y poner pasto sintético.
Y en esas estaba cuando me cayó el veinte: esto es exactamente igual que muchas relaciones.
Uno terco, aferrado a lo “natural”, a lo que según debería funcionar: amigos de años, familia de sangre, vínculos que en teoría tendrían que crecer solos. Y ahí va uno, invirtiendo tiempo, paciencia, energía… regando donde no hay raíz, abonando donde no hay vida.
Pero no crece!.
No importa cuánto insistas, lo que no tiene ganas de darse, no se da.
Y de pronto aparece algo inesperado. Como el pasto sintético: no era la idea original, no era “lo correcto”, pero funciona. Se ve bien, se mantiene, no te desgasta. No te obliga a estarle rogando que viva.
Y ahí es donde uno entiende algo incómodo, pero necesario: no todo lo natural vale la pena… y no todo lo que cuesta, vale más.
Las relaciones —de amistad, de familia, de pareja— no deberían ser un campo de batalla. El cariño no se mendiga, la lealtad no se fabrica y el amor no se obliga.
Si hay que estar empujando todo el tiempo, ahí no es.
Porque al final, siempre aparece alguien que sin tanto ruido, sin exigencias y sin condiciones… simplemente está. Te acepta, te respeta y te quiere sin que tengas que estar demostrando tu valor cada cinco minutos.
Y entonces lo entiendes claro:
No es cuestión de regar más… es cuestión de dejar de insistir donde ya está seco.
Oucchhhhh Dolió
Feliz San Lunes y adiossss.








