Hace año y medio abordé este tema… y hoy vuelvo a él, quizá con más preguntas que respuestas.
¿Terapia? Tal vez algunos encuentren ahí una forma de liberar la tensión acumulada. Uno podría imaginar que quienes actúan de esta manera duermen tranquilos.
Sin embargo, más allá de lo anecdótico, el fondo del asunto es mucho más serio: la percepción de que el Estado ha sido rebasado en su función más básica, que es garantizar la seguridad.
En distintos países de Latinoamérica, el incremento de la violencia y la fragilidad de los sistemas de justicia han generado un fenómeno inquietante: ciudadanos que deciden actuar por su cuenta.
Circulan en redes diversos videos provenientes de Brasil en los que se observan escenas contundentes. Conductores que, ante intentos de asalto por parte de delincuentes en motocicleta, reaccionan embistiéndolos con sus vehículos. La constante en estos casos es clara: el hartazgo social frente a la inseguridad y la impunidad.
No se trata de justificar, sino de comprender el contexto en el que surgen estas reacciones. Cuando la ley pierde eficacia, la tentación de sustituirla aparece. Y ahí es donde la línea entre el orden y el caos comienza a desdibujarse.
Surge entonces una pregunta inevitable: ¿podría algo así suceder en México?
Difícil pensar que se institucionalice o se reconozca abiertamente, pero también es cierto que, en ocasiones, la omisión puede ser una forma de tolerancia. En ese escenario, el riesgo para quien delinque aumenta, algo que, hoy por hoy, muchos ciudadanos no perciben en nuestro país.
México sigue enfrentando el reto de pasar de la resignación a la acción efectiva. Porque mientras prevalezca la sensación de que “no pasa nada”, la distancia entre la ciudadanía y sus instituciones seguirá creciendo.
A quienes aspiran a gobernar y a quienes hoy legislan: el mensaje es claro. La seguridad no puede seguir siendo una promesa recurrente, sino una realidad tangible. Reconocer la magnitud del problema sería, al menos, un primer paso.
Porque cuando la paciencia social se agota, las consecuencias rara vez son deseables.
Me despido.
Feliz San Lunes y adiossss.








