Bajo un cielo gris y entre el ruido constante e interminable de los automóviles, los nombres de ellas aparecieron uno a uno sobre el camellón.
“Kimberly”, “Brenda Kelly”, “Karol”, “Andrea Maylin”: letras grandes, fosforescentes, imposibles de ignorar.
Las jóvenes permanecieron cubiertas del rostro e inmóviles como si fueran parte de un memorial vivo. A sus pies, telas rojas simulaban heridas abiertas sangrantes sobre el pasto.
No hubo discursos, tampoco consignas, bastaron los nombres de ellas, para detener miradas y obligar a bajar la velocidad de los automovilistas.
La escena convirtió un espacio cotidiano de tránsito en un recordatorio incómodo: detrás de cada nombre hay una ausencia, una historia interrumpida y una exigencia de justicia que sigue sin apagarse.








